¿Por qué
leemos en público?
¿Por qué nos
interrumpimos fervorasamente?
¿Por qué
seguimos hablando apasionados?
Porque queremos
que se oigan nuestras voces.
Porque solo
damos valor a las enseñanzas del pasado en tanto nos sirvan para
entender el presente.
¿De qué se
trata el presente?
¿Acaso se
diferencia tanto esta construcción de aquella que criticaban esos
antiguos rebeldones?
De ser así, por
qué siguen teniendo valor sus criticas?
¿No nos explicó
ya bastante William Morris en el siglo XIX qué es la riqueza y cómo
unos poco estableces sus privilegios apoyados en la miseria de muchos
otros?
¿Cómo es que
las canciones de protesta de la Revolución Española, del Mayo
Francés, o de las bandas más contestarias de nuestro querido rock
nacional de los 70s, 80s o 90s vuelven a cobrar sentido frente a los
avancies de esos pocos que pretenden y consiguen acaparar esos
privilegios?
¿Acaso algo
cambiará alguna vez? ¿Aprenderemos algo? ¿Por qué filosofamos
entonces?
Resulta difícil
de aceptar, más allá del divertimento, este nuevo vericueto del
entretenimiento que llamamos las teorías conspirativas.
¿Es acaso
posible que todo este caos esté y haya estado digitado? ¿Por quién?
¿Por unos pocos?
¿Por una secta?
¿Una logia? ¿Una empresa? ¿Un dios muy bien organizado?
Más bien parece
que existen personas tomando decisiones a gran escala.
Decisiones que
toman pocos y afectan a muchos. Pero dudo que los resultados hayan
sido o puedan alguna vez ser los esperados por quien fuere.
De nuevo, nos
vemos sometidos a los requerimientos del caos pero siempre
pretendiendo abrazar una cada vez más deforme idea del orden.
Lo que no ha
cambiado nunca es el protagonismo central del miedo.
Han cambiado los
rostros de esos fantasmas. Puede que los vestuaristas del miedo si
hayan digitado ese casting. Lo que antes fue el infierno, bien podría
ser hoy la pobreza. Lo que antes fueran las plagas, bien podría ser
hoy el cáncer. Esos miedos son reales y han sido pre-fabricados. Han
sido elegidos. Si podemos elegir, por qué no elegir dejar de temer?
¿A qué hay que temerle realmente? ¿A la muerte? No vamos a temerle
a la mayor energía creadora que además ha demostrado ser
inevitable.
¿A la
desgracia? Creo que nos hemos demostrado que a través de la
imaginación y la creatividad siempre podemos transformar la
desgracia en oportunidad o, cuando menos, en una posibilidad, aunque
involuntaria, de aprendizaje.
¿A que temerle?
¿A la soledad? ¿Es acaso posible la soledad? De ser posible, qué
esconde ese temor? Es que tanto nos cuesta estar con nosotros mismos?
¿A que le
tememos? ¿Al peligro? ¿Al dolor físico? ¿A la incertidumbre? ¿A
la enfermedad?
Benditos sean
todos esos dispositivos que nos hacen sentir vivos y nos recuerdan la
inminente y constante necesidad de crear mitos.
No hay nada a lo
que temer. Nunca lo hubo. Lo siento. Temimos al pedo.
“Pienso luego existo”
Existimos porque estamos pensando y el uso del
lenguaje demuestra que los demás existen también. No sabremos nunca
en qué consiste esta existencia que titulamos “vida” pero
podemos mantenernos juntos durante el viaje a través del túnel
recordándonos, unos a otros, que no hay nada que temer. Filosofamos
para aprender y entrenar esa existencia que nos vemos a forzados a
transitar en la intemperie. Ya hemos pensado demasiado para
abrigarnos con nada. Ya hemos abierto los ojos y aunque duela no
queremos volver a cerrarlos.
Somos comando,
somos partido, somos familia.
No estamos solos.
Somos la nave
que no tiene respeto por ningún limite fabricado por el hombre o la
mujer. Es la nave que nos permite realizar viajes inter-mito.
No nos
subyugamos ante ningún mito. Somos una constante y erratica fuerza
creadora de ficción en constante re-acomodamiento en pos de lo que
consideramos el bien común y el respeto por el encuentro fortuito de
toda vida que se pasea, más o menos, animadamente por este plano
existencial y aquí
... nos desordenaremos a gusto.

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